Hay dos formas de
compasión. La primera es una forma muy simple donde hay que hacer algo. Si a
alguien le duele una muela, no se siente al lado para decirle, yo rezo por ti,
llévalo al tiro al dentista. Si alguien tiene hambre, llévale comida. Hagan
cualquier cosa, pero háganla con competencia.
Frente al sufrimiento humano se
necesita competencia, se necesita saber qué hay que hacer. Cuando alguien está
en crisis de epilepsia u otro tipo de crisis de violencia, cuando alguien sufre
una adicción, una depresión, hay que saber qué hacer y hacerlo bien. El saber,
la sabiduría siempre aplica una competencia. Aunque no tengamos todas las
respuestas ni soluciones, debemos saber a quién acercarnos, a quién pedir ayuda
y hacer bien lo que nos corresponde. Esto es lo que llamamos competencia
y la competencia nos urge, no para competir sino para servir, porque de nuestra
competencia, dependen personas, no negocios, no proyectos, personas, la mayor
parte de las veces vulnerables, heridas, marginadas, desprotegidas que
encuentran en nuestras organizaciones sociales y en las personas que las
conformamos una razón para seguir esperando.
Pero la
competencia no es todo. Si una persona vive en un campamento es necesario
ayudarla eficientemente a conseguir un subsidio, a encontrar una solución
digna. Si a una persona con discapacidad sufre, además, de convulsiones, es
necesario buscar un neurólogo competente y solucionar su problema. Sin embargo,
la realidad de los más vulnerables nos enseña que la competencia no es todo.
Que una vez que hemos conseguido la casa, que hemos entregado un microcrédito,
que hemos controlado la crisis convulsiva, todavía queda algo, todavía está la
necesidad de ser acompañados, valorados, de no estar solos: es necesario estar
ahí para el otro.
La primera, y
quizás la más urgente, forma de compasión es la competencia, el ser competente
parta otro. Pero también está la compasión donde yo te doy mi corazón y estoy
ahí contigo, quizás esta es la forma más importante. No puedo hacer nada, no hay nada que hacer,
porque la pérdida es irremediable. La compasión es inclinarse hacia aquel que
es más débil. No para darle cosas, sino para darle el corazón, para dar
amistad.
Toda compasión
requiere de un inclinarse, de un hacerse más sencillo, más pequeño, más
pobre para entrar en relación con otro
que sufre. No es posible establecer vínculos verdaderos y profundos desde la
superioridad.
Nuestro quehacer
con personas vulnerables requiere de un discernimiento constante respecto de
estos dos ámbitos de la compasión, el hacer y el estar. Discernir cuándo hacer
y hacerlo competentemente y cuándo dejar de hacer para estar. Muchos de los que
sufren valoran esta compasión del estar, el estar con la pasión del otro, de
manera muy profunda, porque se adentra en los misterios del corazón de cada
persona y facilita una comunión, común unión, del corazón en el encuentro de la
fragilidad del otro.
Equipo Comunidad
Basado en "La
Comunidad lugar de perdón y de fiesta" de Jean Vanier.
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